Bélgica
Una quinta temporada en ella
Cuánto amo sentir la brisa entrar por la ventana. Soy muchacha de tierra caliente. Soy flor que en ese clima crece. La brisa que hoy siento tiene olor a verano europeo.
Tercer día de treinta grados centígrados que hacen esconderse del sol a esos mismos que todo el año viven quejándose de su ausencia en el cielo gris de Bélgica. Los entiendo. Ayer en sus niños lo vi. Tan sólo una hora bastó de jugar en el agua bajo el gran sol en aquella terraza para que sus cachetes se pusieran más rojos que un tomate italiano y sus ojos más cerrados que esta misma ventana en el oscuro invierno. Fatiga y cansancio. Su piel no está hecha para ese extremo. Para otros sí, por supuesto. Como el frío que cala hasta los huesos que me costó tanto la penúltima vez que me senté en esta ventana.
Esta misma en la que hoy arranco una cuarta temporada.
¿O quinta más bien?
La primera fue en el invierno del 2017 con mis padres.
Una visita inesperada a Bruselas llevada por el deseo de mi padre. Waffle con helado y chocolate bajo la lluvia de esa tarde mientras nos preguntábamos por qué las papas francesas estaban siendo proclamadas en cada esquina como belgas. Hasta la visita a ese niño en miniatura que no nos dijo nada. ¿O tal vez sí? Mi escucha en aquella época no estaba afinada para nada. Estaba apenas despertando. Desperezándose de aquel sueño largo en el que había tantos años estado. Estirando los brazos mientras los primeros velos se caían con mi rebelde estadía Sudafricana.
La segunda sucedió varios años después.
Esta vez acompañada de él. Verano del 2023, impulsados por una pesadilla que en Guatemala un día lo despertó. Un amor que nos llevó a empacar de vuelta nuestra vida en maletas para venir a cuidar un corazón que aún latía con vida. Mi primer encuentro con la ventana fue ese. Con ella entre abierta sembré los cimientos de aquella primera mentora que contrataba para amayalma. En ella respiré por muchas semanas el canto de los árboles que danzan en el parque justo enfrente de la casa de su padre. Ese pequeño parque que para mí es todo un bosque se convirtió en mi refugio entre tanto movimiento incierto.
¿Lo seguí?
- Sí.
Cuando se aprende a escuchar las certezas del corazón, lo único que queda es actuar y confiar. Confiar en que lo que se siente es real. En que si el plan de la mente trae todas su razones para en la zona cómoda quedarse, con dulzura lo podamos arrullar mientras miramos al cielo y recordamos que nada este juego llamado vida es eterno. Entonces… ¿para qué esperar?
La tercera sí que nos tomó por sorpresa.
Invierno de ese mismo año. Once de Diciembre del 2023 estábamos aterrizando en Bruselas desde Medellín. Digo sorpresa y no sé muy bien si es la palabra que quiero usar. Para quien miró esta película desde afuera, si que le pareció extrañamente desorbitante cómo la vida puede tan rápido disolverse. Para él, que estuvo totalmente dentro, la muerte lo estaba invitando de nuevo, contundentemente, a ponerla sobre la mesa. Para mí, que estuve con un pie adentro y otro afuera. Que vivía la película al mismo tiempo que por ratos podía salir a observarla en el cine de la casa… podía distinguir entre la no-sorpresa del final de esta historia. El final de una historia conocida como Thomas. Te menciono con todo el respeto del mundo porque presenciar tu funeral ha sido el regalo más grande que me hayas podido dar. Tu sonrisa. Tus ganas enormes con la que exprimiste el jugo de esta vida. Tu manera en la que me hiciste parte de tu familia. Lo poco que contigo compartí me bastó para ahora presenciarte a través de las memorias que de ti, en él aún habitan.
La cuarta tan distinta.
Una pausa.
Una recarga.
Después de recorrer en moto cinco semanas desde Barcelona hasta La Spezia en el verano del año pasado. Octubre del 2024 volvimos a esta ventana. Esta vez, por un tiempo mucho más corto. Para prototipar lo que él con su primo acababan de gestar. Fue tan corto que no tengo más memorias que contar. Además de la comida en la mesa cada noche, la lluvia que de caer no paró… como sí estas tierras sí que necesitaran limpieza.
La quinta.
Ahora que lo escribo sí que me doy cuenta que esta es la quinta venida. La quinta temporada en estas tierras belgas que ni en mis sueños más dementes me hubiese imaginado que en el plan de mi alma estuviese como parte de mi camino. La quinta es en el verano del 2025. Un año que también termina en cinco. Un año en el que le he dado el mando a mi artista, con resistencias, miedos y todo.
Si recojo todas las venidas:
La primera la hice por mi padre.
O más bien… a través de mi padre.
De su deseo de llevarnos a conocer aquellas lejanas tierras que él a nuestra edad no tuvo la oportunidad. De su deseo de llevarnos en tren como la forma en la que nos expresa su amor en esta encarnación; en cada ocasión. Mostrarnos el mundo. Abrirnos las alas. Darnos el último empujón en el borde del abismo. Por más de que ahora se pregunte: ¿y porqué mis hijas viajan tanto? - Yo sé que en el fondo él se reconoce parte activa de esos actos. El sembrador de la semilla. No sólo de nuestra vida. Si no de la absurda necesidad que en nosotras existe por descubrir lo que habita afuera de nuestras raíces. Y de nuestras narices.
A él le debo.
No, no le debo.
A él le agradezco cada viaje a la costa, al pueblo y hasta el rodadero. Por que sin la capacidad de hacer una maleta en cinco minutos llevando sólo en ella la felicidad, no se hubiese anclado en mí la dicha que es andar ligera y simple por esta vida. Tan sólo basta una caliente comida y una buena canción para alegrar el corazón. No es algo que el literal diría - pero si yo pudiese elegir una frase que lo describa, esta sería.
Si recojo todas las venidas:
La segunda, la tercera y la cuarta las hice por él.
O más bien… a través de él.
Del impulso de su mente por querer aquella corta vida prolongar. Por el dolor de su corazón al ver como la muerte lo observaba de nuevo de frente. Esta vez no para correr; si no para sentarse con gracia con ella. Y aquella cuarta. ¿Qué decir? La del dolor hecho miel. La de sollarse con su primo entre estudios y sonidos El don que los une. La sensibilidad que viene del linaje. Esa que han elegido poner en servicio. Esa que tiene nombre spacious y que después de una primera gira - vienen a darle forma al siguiente capítulo de esta historia. Una de las razones de esta quinta venida. Más otras que sólo descubriré cuando abra este laptop para mirar y escribir hacia atrás.
Hoy lo que sí sé.
Es que si bien esta tierra me ha llamado a través de él.
Es a mí a la que está invitando a sentarse en el trono de la mesa.
La de la artista que entre cafés en Ghent leerá sus propias letras. Contrastada entre rubias, ojos azules y pieles blancas. La de la mujer que camina las calles con las opiniones de otros resbalándole. Tal vez you look better online a la herida de la adolescente le dolió. Pero hoy eso no me define. Y dice más de él, que de mi misma.
Algo que sólo puedo decir cuando me salgo de la película.
La de la artista que levanta la mano y pide ayuda. No hay razón para hacerlo sola. Eso lo mando a recoger. Dentro de mí misma estoy escribiendo una nueva historia. No soy la primera en escribir. No me estoy inventando el nuevo producto para patentar. No seré la primera en imprimir letras. Ni en unirlas para en un libro convertirlas. Lo que sí soy, es la primera de muchas que no tuvieron voz en narrar el camino hacia una incógnita maternidad. Una que no tiene ni nombre (ni apellido) y que me invita día tras día a confiar.
Una que a veces me hace preguntar: ¿por qué todo tan dictado?
Es que acaso… ¿quién es el que va a llegar?
Esta quinta temporada ya no se dará en esta misma ventana.
Mientras lees esto a Ghent no estamos mudando. Entre turistas y papas fritas. Entre teatros y festivales. Entre calores y música en sus calles. Entre terrazas y cervezas. Entre bodas y fiestas como la que me voy a bailar - literal - esta noche hasta que amanezca. Entre cafés silenciosos y otros desbordantes de un idioma que poco a poco voy decodificando. Entre todo eso y más que en las próximas semanas voy a descubrir — es el trono de la mesa de mi artista que voy a ocupar por fin. Con las plataformas. Con la cabellera fuerte y creciente. Con los siete puntos del kambo relucientes después de que se estallaron ayer por el intenso sol en mi piel. Lo menciono porque sé que quieren ser mencionados. Para mi primero por supuesto… y para ti que sigues esta historia.
Los puntos de kambo que realicé el año pasado quedaron tan bien cicatrizados que se mimetizaron con mi piel. Ayer - después de vivir un episodio catártico por rabia que no sabía estaba siendo dentro de mi acumulada - los últimos siete puntos, los del lado izquierdo, los del 28 de diciembre han quedado expuestos.
Los acaricio.
Los toco…
Recuerdo lo delicioso que fue la purga de ese día.
Vengo re-escribiendo en mí el concepto del disfrute desde el año pasado. Uno de los regalos que me ha traído el llamado de ser madre ha sido la invitación a observar de raíz aquello que en mi linaje femenino y materno ha estado por años sucediendo que (nos) ha alejado del pleno y real disfrute.
En una de esas buceadas a las habitaciones de mi alma, lo ví.
En Noviembre del año pasado vi la raíz que de mi útero bajaba por generaciones y generaciones hasta llegar al gran útero de la memoria colectiva femenina. Esa que duele. Esa que se estremece. Esa memoria anclada que no entiende por qué no se pueden dejar ser vistas en el placer por estar vivas. Esas que se han escondido desde tiempos antiguos porque vivir de sus dones era prohibido. Esas que ese día me cantaron, implorándome, como un reflejo mío, de que mi liberara de una vez por todas de esas historias. Esas caducadas. Viejas. Podridas y malolientes que en esta vida no me apoyan como Ana María.
Acto seguido vino el Kambo. Después de diez puntos dolorosos y asquerosos vinieron los últimos siete: placenteros, dichosos, gozosos. Mientras él en dolor se retorcía, yo me encendía de alegría. ¿Cómo es posible sentir tanta paz en algo que debería sentirse doloroso? - le pregunté al facilitador que sostenía el espacio. Su presencia hizo silencio. Lo cual me llevó bien adentro. La pregunta cambió. ¿Es posible transformarme en la alegría? ¿Es posible entonces transformarme en la dicha? ¿Es posible entonces seguir quitándome las capas de condicionamiento que me han causado dolor, mientras disfruto el placer por estar viva?
Mi sabia respondió: no te fragmentes, el placer hace parte de esta vida.
Inhalo.
Exhalo.
Con esto recordado me voy a poner el vestido de esta noche, las joyas que me recuerdan la elegancia de mi abuela; y las sandalias bajitas que hablan de mi simple esencia como Ana María.
A bailar hasta que el sol se oculte.
¿Y por qué no? - hasta que vuelva en un nuevo día.
Ana María
Escrito el sábado 14 de Junio. Enviado el domingo mientras habito el guayabo de la deliciosa noche, sí que me la bailé anoche. Sí que no me he de fragmentar. Hasta la cerveza hace parte de esta experiencia — a veces eso es lo que he de recordar.



... a través de él quizás se han abierto estos inesperados paisajes, y eres tú quien los ha sabido escribir, recorrer, moldear, y convertir también en fragmentos vivos de tu propia historia.
Gracias mi Aniii por siempre ser espejo en mi camino