Querida amiga,
que habitas otro multiverso...
Me desperté y lo primero que estaba en mis pensamientos has sido tú.
Si te soy sincera amiga, quería prepararme un café y poner mi música favorita. Pero la velocidad con la que esto no para de repetirse en mi mente, me pide que suelte toda perfección de mi momento de escritura. Son exactamente las 8 de la mañana del viernes tres de Octubre del 2025.
Cuatro noches han pasado desde que fui testigo de tu noticia.
La primera noche ni qué contarte… como muchos, pensé que era mentira.
Pensé que era mentira.
Hasta que con unas pisadas torpes logré llegar a helechos, a aquellas paredes que fueron tu casa por ese buen tiempo en el que fuimos vecinas. Con los nervios hechos torpeza llegué a la puerta, bastaron sólo segundos para ver los rostros de todos que me confirmaron que aquello que aquella frase que por instagram había tan sólo minutos atrás recibido, era verdad.
Era verdad.
Ya no estabas.
Pero alejémonos del drama por un ratico… si algo me enseñaste con tu amistad es que tiempo para eso no hay. Tomabas cada lección que te presentaba la vida con aceptación; no la peleabas, no la resistías por más intensa y dolorosa que ella parecía — la atravesabas con gracia, con elegancia, como toda una Ana de las Marías.
Amiga es que hasta el mismo nombre nos acogía.
Me ayudaste a darle la vuelta.
Sí, tú… ¿te acuerdas?
“Somos la abuela de las mujeres” - así me lo dijiste.
Recuerdo la primera vez que te vi… cruzaste la puerta de madera que separa mi casa del mundo exterior con Nico. Tu amor, con quien elegiste irte a nadar a las profundidades de la eternidad. Entraste a mi casa, el rostro se te iluminó y con ese lenguaje que sólo entendían entre ustedes dos, supiste que mi casa sería tierra firme para los próximos meses con tu familia.
Ay amiga… si uno supiera lo corto que es esta vaina.
Abrazaríamos más.
Amaríamos más.
Sonreiríamos más.
Lágrimas de mi rostro no paran de caer en este momento.
Una mezcla entre añoranza y gratitud.
No te voy a mentir que me parece muy teso que tu alma haya elegido tan poco tiempo terrenal para vivir. Y al mismo tiempo, sé que fuiste de esas almas viejas, antiguas, metiditas en el traje de un personaje luminoso, joven de tan sólo 32 años de edad.
¿Te acuerdas cuando en medio de aquella chuma te miré y te dije: “tú y yo vamos a vomitar lo que no nos corresponde cargar más?” Tú te acercaste, me abrazaste y me dijiste: “amiga claro que sí, ha sido la invitación más sincera que en mucho tiempo me han hecho, a vomitar nos vamos a acompañar.”
Lo veo escrito y hasta risa me da…
Jajaja qué planzaso — ¿sí o no?
Pasaron unas pocas semanas cuando estábamos literal purgando en la sala de mi casa, con el fuego encendido, y los puntos del kambo quemando nuestra piel suavecito. Esa. Sí, esa. Fue la primera vez que te vi como un roble. Viejo y antiguo. Enraizada en sí misma. Sin dudar ni un segundo del para qué estabas aquí en esta vida.
Tú mejor que yo lo sabes, lo sé.
Tu forma de maternar es lo que siempre atesoraré.
Pariste en esta tierra a dos de los seres más espectaculares que he tenido el honor de conocer. Mati, reflejo como espejo de mi ser en ese momento. Anto, reflejo opuesto que desde el momento cero me ha invitado a sacar la mía interna. Recuerdo habértelo dicho en algún momento: “amiga, este año es de sacar a mi Antonella interna.”
Las amistades las hay de todo tipo.
La mía contigo fue liviana, por no decir fácil — porque quien me lee, malinterpretar mis palabras puede. La mía contigo no pedía mucho, ¿te acuerdas? Un chocolate caliente en una cafetería de vereda de Santa Elena fue nuestro último encuentro de carne y hueso tan sólo quince días antes de tu muerte física. Una sopa de pollo mientras conversábamos por horas sin parar aquí en la sala de mi casa. Sí, en esta misma donde te estoy escribiendo amiga mía. Un audio que atravesaba océanos con el simple recordatorio de cómo andaban los hechos. Un mismo vestido que ahora cuando lo usé, sentiré que me estoy vistiendo contigo como niñas. El multicolor hongo guardián de las llaves de nuestra casa, esa que nos habló a las dos, sobre todo bajo ese péndulo de luz roja en el medio. Musa. Tu gata. Guardiana que por momentos como vecina me visitaba. Siempre te enviaba fotos de ella encima de mi nevera — estaba que te la robaba. Ese último triángulo que compartimos, sintiendo lo invisible con nuestra energía escorpiana. Te sentaste en mi izquierda, mientras mi hermana de sangre estaba a mi derecha.
Nuestra amistad pidió tan poco…
Que por eso es que sé, que en todo te encontraré.
En el viento, en el bosque… sobre todo en las flores moradas del jardín que compartimos que tanto te gustaba recoger, vivirás en la sopita de pollo y hasta en el rapé. Sé que me susurrarás consejo cuando me llegue el turno de ser mamá, carácter y libertad — los dos conceptos que me llevo al verte maternar.
Uff amiga…
Nadie le enseña a uno a despedirse.
Nadie le explica a uno el vacío que deja la muerte.
¿Pero sabes qué? Nadie le muestra a uno tampoco el impulso… sí, el GRAN impulso que al mismo tiempo llega para ordenar la existencia.
Tu transcendencia me ha traído perspectiva.
Perspectiva a mi vida.
¿Te acuerdas de nuestra última conversación? Fuiste mi espejo sabio número uno para no dejar mis creaciones en un cajón. Me dijiste: “Amiga en este momento no tengo cómo; pero en el próximo grupo de estudio escribe mi nombre que quiero estar ahí… lo que enseñas es oro, canalizar es aprender a escuchar” Ese, más el resto de nuestra conversación fue el impulso para recordar que lo que tenía entre manos, era importante. Leías todos mis escritos. Todos. No sé en qué momento lo hacías. Estabas más actualizada de mi vida que ni yo misma. Escuchabas todos mis episodios. Recuerdo el día en el que me dijiste que lo ponías a todo volumen en el carro con los niños. Me derretí en vida. Fue todo lo que necesité escuchar para seguir confiando en que mis historias han de ser compartidas. Me confiaste tu registro para claridad. Me confiaste a Anto aquella noche para recordar cómo es que se juega entre pijamas y muñecas. Me confiaste tu sueño, ese que te soñaba de acompañar la vida; poner en servicio tu maternidad como tanto te lo preguntabas como si estuvieses enredada. Más enredado uno que se cojea esta vida creyendo que hemos de tener todas las respuestas a escondidas.
Querida amiga,
Decidiste irte con tu amado.
Gracias por enseñarme el significado de dar por amor lo más preciado.
Ahora es mi turno de confiar que eres vida eterna.
Que habitas otro multiverso.
Que estás bailando en otra línea de tiempo.




Ani de mi corazón,
Ayer le escribí una carta a la muerte.
Dude en publicarla por acá,
Esto lo siento como ~la señal~.
Que belleza de relato, que belleza de amistad, que delicia todo.
Solo leerte desee abrazarte tan fuerte.
Que puedan llegar a un lugar de luz y descansen en paz.